Temor a Cataluña
24/05/2006
Us ofereixo una anàlisi de Ian Gibson (historiador britànic afincat a Espanya) sobre el fet diferencial català, feta a partir del debat sobre l'Estatut. Un punt de vista realment alternatiu: la mirada d'un britànic del segle XX i la d'un del segle XIX.
Carles Bort
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Temor a Cataluña
Ian Gibson
El Periódico de Cataluña
A mí, si he de decir la verdad, nunca me ha gustado el artículo 2 de la Constitución de 1978, con su dogma de “la indisoluble unidad de la Nación española” (el subrayado es mío, obviamente). Tampoco la primera cláusula del artículo 8, donde, entre las misiones de las Fuerzas Armadas, se consigna la de defender la “integridad territorial” de España.
El mensaje subyacente era, y sigue siendo, el de siempre: la unidad nacional española es sagrada –en la Magna Carta no se podía utilizar este adjetivo, por supuesto, tratándose del establecimiento de un Estado aconfesional, pero se da por sobreentendido– y cualquier conato independentista por parte de díscolos vascos, catalanes o gallegos constituye, en consecuencia, un atentado contra la voluntad divina. Exagero un poco, ya lo sé, pero me parece difícil encontrar una diferencia radical entre “la indisoluble unidad de la Nación española”, en la formulación constitucional que está hoy vigente, y las definiciones franquistas-joseantonianas de las esencias nacionales, con la obligada nostalgia imperialista (hacia Dios, si no había otra posibilidad).
Tanta obsesión secular con la unidad territorial sugiere que, en el fondo, se trata de una imposición artificial mantenida por la fuerza. Richard Ford, cuyo Manual para viajeros en España y lectores en casa (1845) es uno de los libros más agudos jamás escritos sobre este país por un extranjero –tal vez sobre cualquier país por un extranjero-, insistió mucho sobre ello. Por todos lados, pese a la tan cacareada unidad nacional, el inglés creía observar una tendencia innata hacia la disolución de la misma. España, en realidad, era a su juicio esencialmente unamalgamating –renuente a amalgamarse– , y apuntó con satisfacción un refrán oído en Jaén y que, en su estimación, le daba la razón: “Baeza quiere pares y no quiere Linares”.
A Richard Ford no le gustó Cataluña, que le recordaba la Inglaterra industrial. Había llegado a la península en busca de la España profunda, con sus reminiscencias árabes, sus bandidos, sus corridas, y sus guitarras. El catalán le pareció feo y no estaba dispuesto a adquirir ni sus rudimentos, él que era un considerable lingüista. Si no me equivoco, vio, apuntó, preguntó, indagó... y volvió cuanto antes al Sur.
Reflexioné mucho sobre Richard Ford durante el debate sobre el Estatut: sobre su incapacidad, fruto de arraigados prejuicios, para reaccionar inteligentemente ante el fet diferencial de Cataluña.
El debate ha puesto al aire las raíces del problema que supone Cataluña para el Partido Popular, tal vez el único partido político del mundo que vota en contra de absolutamente todo. No lo pueden decir, pero a mí me parece evidente que, en el fondo, más que odiar a Cataluña -algo que nunca admitirán- la temen. Y la temen porque saben que tiene capacidad para organizarse sola. ¿Y Portugal? No he oído ni leído a nadie, ni al facha más redomado, poner nunca en tela de juicio su derecho a ser Portugal. Y eso que Portugal, ¡si no recuerdo mal!, formaba parte un día de España.
Los dogmas existen, entre otras razones, para aplastar la heterodoxia. Cataluña es la heterodoxia de España, más que el País Vasco, más que Galicia. Y hace muy bien. El meollo del asunto está, naturalmente, en el idioma. Permítanme una pequeña comparación. Los británicos les quitaron a los irlandeses su idioma -y sus costumbres nativas- a punta de bayoneta y a cañonazo limpio. Aquello se pareció mucho a lo que se hizo en la España de los llamados Reyes Católicos con los “moriscos”. Bien es verdad que el celta subyacente ha conformado el inglés que se habla en Irlanda, con lo cual tenemos Ulises y otras cumbres de la literatura mundial, pero el hecho sigue siendo que el país quedó huérfano de su principal seña de identidad, que es la lengua materna. Esto no se olvida, no se olvidará nunca. Se trató de hacer lo mismo con el catalán. Las circunstancias no eran las mismas, pero el desprecio hacia otra cultura, hacia otra manera de ser, sí. ¿Se imaginan ustedes lo que habría pasado si, en una coyuntura histórica diferente, Cataluña, dueña de los destinos patrios, hubiera impuesto, o procurado imponer, su idioma al resto del territorio? ¿La que se habría armado?
Me impresionaron la magnanimidad, el buen hacer y el seny de los catalanes participantes en el debate de presentación y defensa del Estatut en el Congreso de los Diputados (soberbia y sabia lección la de Durán Lleida).
No noté en ninguno de ellos odio y resentimiento ni rencor. Pude constatar con satisfacción su pleno reconocimiento de la contribución de los inmigrantes de otras regiones españolas al fortalecimiento de Cataluña. Y celebrar, como no, su tremenda voluntad de construir una Cataluña más libre, por el momento dentro del Estado actual, Estado que muchos esperan -yo también- que vaya evolucionando hacia una configuración plenamente federal.
¿Apocalypse now? ¿Mañana? Si Cataluña consiguiera ser mañana un Estado “independiente” dentro de la nueva estructura de Europa, convirtiéndose en el Portugal del litoral este de la península, ¿sería el fin del mundo? No lo creo. Tampoco el fin de España.
Pero no teman los dueños inmemoriales (por la gracia de Dios) de la finca nacional. La gran mayoría de los catalanes no plantea así la cuestión. En el fondo, sólo pide, me parece, que ustedes asuman, de verdad, que Cataluña es, legítimamente una “altra cosa”. ¿Tanto trabajo les cuesta?
Las responsabilidades de un rey irresponsable
24/05/2006
Fa temps que em va arribar a través d'Internet aquest text que us ofereixo.És una visió realment alternativa del que va passar el 23 F del 81 i del paper que hi va jugar el Rei. Com a mínim, fa pensar...
Carles Bort
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Las responsabilidades de un rey irresponsable
Agustín Morán
Esta versión que, como tantas otras, es compartida por la derecha y la izquierda parlamentaria españolista, no tiene verosimilitud. Desde hace 24 años, a través del ninguneo y el silencio se ha sepultado cualquier interpretación distinta a la oficial acerca del papel del rey en la trama del 23-F. Una de estas opiniones es la del Coronel Amadeo Martínez Inglés publicada en la revista “Ardi Beltza”, acosada hasta su desaparición por el gobierno español.
Los golpes militares no se inician jamás a las seis de la tarde; las fuerzas que intervienen en un golpe militar nunca dan vivas al jefe del estado, contra el que atentan, en el curso de su ilegal operativo; los tanques que utilizan las Unidades rebeldes comprometidas en un golpe militar siempre llevan sus “santabárbaras” a tope de munición y sus tripulaciones armadas hasta los dientes; el primer objetivo en un golpe militar es siempre, siempre, el palacio o residencia oficial del jefe de Estado; los presuntos golpistas en una acción militar contra el Estado nunca, nunca, dejan al jefe del mismo libre en su palacio y con todas sus comunicaciones con el exterior abiertas para que pueda reaccionar cómodamente contra sus enemigos; los dirigentes de un golpe militar jamás llaman por teléfono al jefe del Estado contra el que teóricamente están actuando para tratar de explicarle sus movimientos futuros y, menos todavía, para obedecer sin rechistar sus órdenes; los primeros movimientos de carros de combate en un golpe militar se dan siempre en la capital de la nación y no en la de una provincia periférica situada a más de trescientos kilómetros de distancia; los tanques rebeldes nunca, salvo que Gila ordene lo contrario, respetan los semáforos y las reglas de circulación, todo lo contrario, intentan alcanzar cuanto antes sus objetivos (palacio real o presidencial, palacio de justicia, centrales telefónicas, de radio, de televisión, banco central etc., etc.) importándoles un comino los accidentes o bajas entre la población civil.
Y, por último, es absolutamente improbable que en un golpe militar el presunto jefe de los golpistas lleve en el bolsillo de su uniforme una lista de su futuro gobierno (para hacerla pública si triunfa la asonada) formado curiosamente no por militares o civiles golpistas de su entorno sino por políticos pertenecientes a partidos del propio sistema contra el que se está actuando ilegalmente.
Visto todo lo anterior, que además es de elemental sentido común, resulta meridianamente obvio que aquí el famoso 23-F, del que ahora se acaba de cumplir su vigésimo aniversario, no tuvo nada que ver con una verdadera y tradicional intentona castrense; por mucho que se intente zanjar la cuestión apoyándose en el incuestionable veredicto de los micrófonos de la radio o las cámaras de televisión, en el carácter inestable y violento de Tejero o en las chapuzas y traiciones de sus dos teóricos dirigentes: los generales Armada y Milans del Bosch. Nada de eso es determinante. Además ni el antiguo preceptor del Rey y luego secretario de su Casa, el todavía vivo marqués de Santa Cruz de Rivadulla, ha sido nunca un tonto de capirote, un loco visionario, un irresponsable o un traidor (más bien todo lo contrario) ni el ex capitán general de Valencia (uno de los generales con más carisma dentro del ejército franquista) tuvo nunca sus neuronas profesionales al nivel de las de un pobre cabo furriel.
Si ambos montaron al alimón un complejo tinglado político-militar al margen de la Constitución (que fue en definitiva lo que salió a la luz el 23-F) para salvar la corona española (los dos eran fervientes monárquicos) fue pura y simplemente porque su señor, el rey Juan Carlos, perfectamente enterado tanto por ellos mismos como por los servicios de Inteligencia del estado (CESID) y la cúpula militar (JUJEM) del operativo golpista (éste si de verdad) que preparaban para principios de mayo los militares más radicales de la extrema derecha española, les pidió con urgencia la puesta en marcha de esa maniobra; que debería desactivar, cuanto antes y como fuese, ese peligro real y absoluto que amenazaba en primer lugar a su propia persona, y después a su corona, y, por último, al régimen de libertades instaurado trabajosamente en España a partir del 20 de noviembre de 1975.
La operación palaciega, consensuada con los principales partidos políticos y con vocación de pasar por “constitucional”, salió mal entre otras cosas porque su más alto valedor, el rey, víctima de un ataque de miedo insuperable al enterarse por sus ayudantes de la barrabasada de Tejero en el Congreso, se desmarcó inmediatamente de ella a través de un doloroso “coitus castrensis interruptus” que dejó a sus fieles edecanes de palacio y conseguidores reales, señores Armada y Milans, con el trasero al aire, con el plumero de sus uniformes de gala bien visibles y, en definitiva, perfectamente preparados psicológicamente para pasarse una larga temporada a la sombra en alguna lóbrega prisión militar. Aunque hay que reconocer, en honor a la verdad, que la chapuza borbónica resultó al final muy provechosa para el sistema democrático español y para desmontar de una vez el franquismo latente en los cuarteles.
Esto fue así, por mucho que durante veinte años a los españoles de a pie se les haya venido contando una historieta de buenos y malos, demócratas y fascistas, de militares y civiles, de vencedores y vencidos, de militares golpistas nostálgicos del anterior régimen (que los había y muchos pero que no llegaron a actuar afortunadamente ese emblemático día de febrero de 1981) bastante chapuceros y, sobre todo, de un señor con corona, valeroso e inteligente como pocos (aunque luego se ha sabido que su santa esposa lo pilló llorando a moco tendido en el dormitorio después de lo de Tejero), curiosamente vestido de general del ejército español como los presuntos cabecillas del evento que, con un breve (aunque tardío) mensaje televisado lograría salvar “in extremis” al Estado de una nueva dictadura militar. Desde luego, la desfachatez de los políticos, de los que gobiernan, de los poderes fácticos del sistema, de sus lacayos, de sus cipayos, de sus altavoces mediáticos, de su subordinados de toda su laya… no tiene límites; como tampoco los tiene la credulidad y la excesiva bondad de tantos confiados ciudadanos intoxicados sin rechistar por la propaganda oficial.
Pero con ser muy grave la actuación del Rey al margen de la constitución que acabo de señalar y que pudo degenerar en un enfrentamiento armado dentro del ejército e, incluso, en una guerra si los sectores más ultras de las FAS adelantan su terrible órdago de mayo al 23-F ante el alarmante vacío de poder que se vivió durante unas horas, lo que reviste de máxima gravedad el asunto es que el monarca se valió en esta ocasión de su condición de rey y, sobre todo, de su cargo de jefe supremo de las Fuerzas Armadas para intentar salvar su corona como fuera, recabando la ayuda de sus fieles, de sus militares de palacio, de los servicios secretos del Estado, de la cúpula militar… para luego abandonar a los más comprometidos, a los que se la habían jugado por su señor, a su suerte. Que, como todos sabemos resultó más bien negra ya que fueron condenados “manu militari” y sin que el Rey moviera un solo dedo para paliar sus exageradas condenas, a la friolera de treinta años de cárcel. Normal dirá alguien, el Rey es irresponsable, es inviolable constitucionalmente, no puede equivocarse como cualquier mortal. Y, digo yo, y si esta “chapuza tejerina” no hubiera terminado tan bien como terminó y aquello hubiera degenerado en un enfrentamiento armado con miles de muertos… ¡Tampoco el monarca hubiera podido ser juzgado por sus manejos palaciegos! ¡Menudo país y menuda Constitución!
Un esperpento tan peligroso como el 23-F (y lo dice una persona que lo ha estudiado a fondo durante diecisiete años) no puede volver a repetirse. Con un rey irresponsable o con el “sunsum corda” en la jefatura del Estado. Y sería muy conveniente, para dejar de una vez las responsabilidades históricas de todos al descubierto (esas sí que pueden pedirse al monarca ¿no?) pasados ya nada menos que veinte años de tan preocupante evento, que el Parlamento español como representación máxima del pueblo soberano, abriera una exhaustiva investigación sobre el mismo. Que depurara responsabilidades (históricas vuelvo a repetir, pero responsabilidades al fin y al cabo) en las altas instancias de la nación donde se gestó, se planificó, se intentó ejecutar y se abortó finalmente uno de los hechos más estrafalarios, ridículos y peligrosos de nuestra flamante monarquía franquista.
* Amadeo Martínez Inglés. Coronel del Ejército Español (publicado en Ardi Beltza en 2001).
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Este texto forma parte de un libro en preparación: "Constitución(es), autodeterminación(es) y movimiento antiglobalización"